Margrit Kennedy


Un nuevo sistema monetario. La economía de la ecología.

POR 
TONI
 – 14 JUNIO, 2012
ESCRITO POR: MARGRIT KENNEDY
PUBLICADO EN: EcoHabitar


¿Qué es el dinero? Vayamos primero con lo positivo. El dinero es uno de los inventos más ingeniosos de la humanidad. Simplifica el intercambio de bienes y servicios superando las limitaciones del sistema de trueque, creando así la posibilidad de la especialización, base de la civilización.

¿Por qué tenemos entonces problemas con el dinero? Aquí es donde aparece la parte negativa. A lo largo de la historia la circulación del dinero se ha basado en el pago de intereses. El interés lleva al interés compuesto. El interés compuesto lleva al crecimiento exponencial. Y el crecimiento exponencial, si no se puede transformar de alguna manera, es a su vez insostenible. Por ello, para comprender el funcionamiento de nuestro sistema monetario desde sus orígenes hasta nuestros días, una “máquina invisible que lo arruina todo”, tenemos primero que comprender cómo funcionan los diferentes modelos de crecimiento.


La curva A en la figura 1 representa una forma idealizada de un modelo de crecimiento que se da abundantemente en la naturaleza, se da en nuestros cuerpos y también en las plantas y los animales. Nosotros crecemos bastante rápido en las primeras etapas de nuestra vida, empezamos a ralentizar en la adolescencia y normalmente dejamos de crecer físicamente cuando llegamos a los veintiuno. Lo cual, por supuesto, no nos impide seguir creciendo cualitativamente, aunque sí cuantitativamente.

La curva B representa un modelo de crecimiento mecánico o lineal. Por ejemplo, más máquinas producen más bienes, más carbón produce más energía, etc. No es muy importante para nuestros análisis, aunque debería quedar claro que incluso un crecimiento como éste en un universo finito como el nuestro crearía problemas.

La curva C representa el crecimiento exponencial, el modelo de crecimiento más importante y generalmente el peor conocido, que se puede describir prácticamente como el opuesto a la curva A, pues crece relativamente despacio al principio, comienza a acelerarse paulatinamente para acabar con un crecimiento casi vertical. En el mundo físico este tipo de crecimiento suele ocurrir cuando las cosas están fuera de control, en el caso de epidemias o enfermedades, lo que a menudo conduce a la muerte. El cáncer, por ejemplo, sigue un modelo de crecimiento exponencial, y siguiendo con la analogía, el interés se puede considerar como el cáncer de nuestro sistema social y económico.


Basado en el interés y en el interés compuesto, nuestro dinero se dobla en intervalos regulares, es decir sigue un modelo de crecimiento exponencial. La figura 2 muestra el tiempo necesario para que se doble nuestro dinero, según diferentes tipos de interés. Al 3% de interés compuesto, se dobla en 24 años; al 6% en 12 años y al 12% en 6 años. Incluso con un interés tan bajo como el 1%, la curva de crecimiento sigue siendo exponencial.

Puesto que en nuestros cuerpos sólo hemos experimentado el modelo de crecimiento natural, que termina con un tamaño óptimo (curva A), resulta difícil para el ser humano comprender el impacto real del modelo de crecimiento exponencial en el mundo físico. Este fenómeno se puede mostrar de una manera más ilustrativa con la famosa historia del penique de José: si José, el padre de Jesús, hubiera invertido un penique el día en que Jesús nació, con un interés del 5%, y Jesús hubiera vuelto al mismo banco en 1990 -fecha de la reunificación de Alemania-, con el dinero acumulado por los intereses hubiera podido comprar 134 mil millones de bolas de oro del tamaño de la Tierra, de acuerdo con el precio oficial del oro en estos momentos. Esto muestra matemáticamente que el pago continuado de intereses durante un largo periodo de tiempo es prácticamente imposible y explica por qué se dan a intervalos regulares crisis económicas y sociales.

Tres errores acerca del dinero

1. Una razón determinante de por qué nos resulta tan difícil comprender el impacto real del mecanismo de intereses en nuestro sistema económico es que éste funciona de manera oculta.



La mayoría de nosotros supone que sólo pagamos intereses cuando pedimos prestado dinero. Por tanto, si lo que queremos es no pagar intereses, basta con no pedir dinero prestado. Lo que la gente no sabe es que casi todos los precios de las cosas que compramos contienen una cierta cantidad de interés. La proporción exacta varía de acuerdo a la relación entre el trabajo y los costes del capital incluidos en los bienes y servicios que compramos. Así por ejemplo, en la recogida de la basura, el 12% del precio es para el pago de intereses (una cantidad baja, porque la inversión de capital es relativamente pequeña en comparación con la necesidad de mano de obra que es alta), mientras que en el agua potable alcanza el 38% y hasta un 77% en la compra de una vivienda pública (figura 3). De media pagamos un 40% de interés en todos los precios de bienes y servicios que compramos o usamos. En la época medieval, la gente tenía que pagar un diezmo de los ingresos al señor feudal. Ahora de cada euro gastado, la mitad es para el señor capitalista.

2. Otro error extendido en relación con nuestro sistema monetario es el siguiente: puesto que todo el mundo paga intereses cuando pide dinero prestado, y recibe intereses cuando lo presta, todos recibimos el mismo trato dentro de este sistema.

De nuevo, lo anterior es en la práctica falso. De hecho la diferencia entre los que se benefician del sistema y los que salen perjudicados es muy grande. Si dividimos la población de Alemania Occidental en diez grupos de 2,5 millones de familias cada uno y los ordenamos en función de los intereses recibidos (figura 4), vemos que el 80% de la población paga más intereses de los que recibe, el 10% recibe un poco más de lo que paga, y el restante 10% recibe más del doble de lo que paga (aproximadamente unos 34.200 DM de media por familia), cantidad que por supuesto ha perdido el 80% restante.

Esta situación resulta ser una de las razones fundamentales de por qué los ricos son cada vez más ricos y los pobres más pobres. En cifras absolutas, lo anterior supone una transferencia diaria de unos 500 millones de marcos de los que trabajan a los que poseen el capital (datos de Alemania Occidental, 1985). Los mismos resultados se obtendrían en los demás países. De hecho, en la mayoría de los países el porcentaje de los que se benefician del actual sistema es incluso menor.


En otras palabras, con nuestro actual sistema monetario estamos permitiendo que opere un mecanismo oculto de redistribución que constantemente mueve dinero de aquéllos que tienen menos a aquéllos que tienen más de lo que necesitan. De esta manera, por una parte grandes cantidades de dinero se concentran en manos de cada vez menos personas y grandes compañías multinacionales y, por otra, los países del “Tercer Mundo” nunca serán capaces de desprenderse de la deuda, ya que lo que tienen que pagar supera en varias veces la cantidad de dinero que se les ha prestado.

El mecanismo de interés e interés compuesto no sólo lleva a un crecimiento económico de carácter patológico, sino que atenta además contra derechos constitucionales individuales presentes en todas las democracias. Si la constitución de un país garantiza un acceso igualitario de todo individuo a los servicios gubernamentales -y el sistema monetario se puede considerar uno de estos servicios-, entonces sería ilegal contar con un sistema en el que un 10% de la gente continuamente recibe más de lo que pagan por dicho servicio, mientras que un 80% recibe menos de lo que paga.

Muchos de los grandes líderes religiosos y políticos, como Moisés, Mahoma, Lutero, Ghandi, y la mayoría de las iglesias y grupos espirituales a lo largo de la historia han intentado reducir esta injusticia social prohibiendo el pago de intereses. Ellos comprendieron que este pago era una de las principales causas de injusticia social. Sin embargo, no supieron dar con una solución práctica para mantener el dinero en circulación, y este defecto del sistema nunca se corrigió. La prohibición del pago de intereses entre los cristianos, establecida en Europa por ciertos papas durante la Edad Media, se limitó a desplazar el problema a los judíos. Y aunque los judíos tampoco podían pedirse intereses unos a otros, sí que podían hacerlo con los gentiles. En los casos en que sí aceptaban intereses de otros judíos, tenían la obligación de saldar deudas cada siete años. Los bancos islámicos, que siguen la ley musulmana, no pueden pedir intereses a sus clientes. En su lugar se hacen socios en los negocios a los que prestan dinero. Que esto sea una solución mejor o no, depende de los socios, pero lo cierto es que crea un lazo más directo entre el acreedor y el deudor.

3. Un último malentendido sobre nuestro sistema monetario tiene que ver con el papel de la inflación. Para mucha gente, la inflación aparece como algo inevitable del sistema monetario, pues no existe ningún país en el mundo que no tenga inflación.


Pocos se dan cuenta de que la inflación es otra forma más de imposición que los gobiernos utilizan para resolver los problemas derivados de su propio endeudamiento. Entre 1950 y 1985 el PNB de Alemania se multiplicó por dieciocho, mientras que el pago de intereses de su propia deuda se multiplicó por 51 (véase la figura 5). El gobierno suele ser el principal demandante en el mercado financiero, luego también es el que paga las mayores tasas de interés. Cuanto mayor es la distancia entre el crecimiento de los ingresos gubernamentales y el de la deuda, más evidente es la necesidad de inflación. Acuñar más dinero permite al gobierno reducir su deuda. Por el contrario, el 80% de la población que ya paga más intereses de los que gana, con la inflación paga todavía más. Ya que estas personas no pueden poner su dinero en inversiones “resistentes a la inflación”, como sí hacen los del 10% que más gana.

Dos efectos más del actual sistema monetario: la carrera de armamentos y la destrucción del medio
Además de la injusticia social que resulta ser el continuo aumento de la distancia entre los ricos y los pobres en las naciones industrializadas y en desarrollo, existen dos problemas más, asociados con el sistema de intereses que deben tenerse en cuenta: la carrera de armamentos y la explotación de la naturaleza.

  1. La presente concentración de dinero en manos de cada vez menos personas o de multinacionales crea una presión constante para inversiones en gran escala, por ejemplo, centrales nucleares, enormes presas hidroeléctricas y armamento. Desde un punto de vista puramente económico, el comportamiento políticamente contradictorio de los Estados Unidos y Europa, instalando por una parte armas cada vez mayores y mejores contra Rusia, y enviando por otra mantequilla, trigo y tecnología, es perfectamente compatible: la producción militar era un área en la que el “punto de saturación” se podía posponer indefinidamente mientras el “enemigo” fuera capaz de desarrollar armas tan buenas y en un tiempo tan rápido como ellos. Y los beneficios en el sector militar eran mucho mayores que los que se podían conseguir en otros sectores de la economía. Mientras que las inversiones en economía civil ofrecen rendimientos del 2 al 5%, el sector militar da a menudo rendimientos del 50%.
  2. Los mismos problemas están presentes en el campo de la inversión ecológica. Consideremos por ejemplo una inversión en colectores solares. Si sólo nos da un rendimiento del 2%, sería estúpido, desde el punto de vista económico, invertir en esta tecnología de calentar agua, por muy ecológica y sensible que sea, cuando el banco nos da un 6% de rendimiento. El banco a su vez, para ofrecer tales tasas de interés, tiene que invertir en proyectos seguramente no muy ecológicos. Por tanto, en la medida en que toda inversión tiene que competir con el propio poder del dinero para hacer dinero en los mercados financieros, la mayoría de las inversiones ecológicas, cuya finalidad es crear sistemas sostenibles (es decir, que detienen el crecimiento cuantitativo en su nivel óptimo, como muestra la curva A en la figura 1), no tienen ninguna posibilidad de salir adelante.

 

La solución

A comienzos del s.XIX un comerciante alemán llamado Silvio Gesell desarrolló una solución práctica para eliminar los problemas causados por el interés. En lugar de pagar a la gente una recompensa (interés) para que ponga el dinero en circulación, Gesell sugirió que la gente pagara una pequeña multa si no lo hacían. Su idea era utilizar el dinero como un servicio público en lugar de un bien privado.

Un ejemplo

Entre 1932 y 1933, la pequeña ciudad austríaca de Wörgl comenzó uno de los primeros experimentos que ha servido de inspiración para todos aquellos preocupados con la cuestión de la reforma monetaria hasta nuestros días. Al cabo de un año, 12.600 “chelines libres” (es decir, chelines libres de interés) circularon 463 veces de media cada uno, creando así bienes y servicios por valor de 2.547.360 chelines (12.600 x 463). En una época en la que la mayoría de los países de Europa tenían serios problemas con un número decreciente de empleos, Wörgl redujo su tasa de desempleo en un 25% durante ese año, los ingresos por impuestos aumentaron en un 35% y las inversiones en obras públicas en un 220%. El municipio recaudó también 1.512 chelines (un 12% del total en circulación) como tasa por el uso del dinero. Este dinero se utilizó exclusivamente con fines públicos, de manera que nadie en particular se lucró con él, sino la comunidad como un todo. De todas formas, el ritmo de circulación del dinero estaba más determinado por la necesidad real de intercambiar bienes y servicios que por la existencia de dicha tasa. Si el municipio hubiera pedido prestados los 12.600 chelines en el mercado financiero, hubieran tenido que devolver de 3 a 4 veces dicha cantidad en un periodo de entre 10 y 20 años.

Cuando, más tarde, otras 300 comunidades de Austria comenzaron a interesarse en adoptar este sistema, el Banco Nacional de Austria vió peligrar su monopolio e hizo todo lo posible para acabar con esta situación. La acuñación de dinero local se prohibió en todo Austria.

Posibilidades prácticas para nuestros días

Puesto que el 90% de las transacciones monetarias no son más que números en un ordenador, las modalidades de pago actuales harían que una “tasa de uso” del dinero fuera técnicamente mucho más simple de implementar que antes. Todo el mundo tendría dos cuentas: una cuenta corriente y una cuenta de ahorro. El dinero en la cuenta corriente, que está continuamente a disposición del propietario, sería considerado como dinero en efectivo, y perdería valor a razón de un 6% anual. Cualquiera que tuviera en su cuenta corriente más dinero del necesario para el pago de los gastos ordinarios en un mes, se vería instado, para evitar el pago de la tasa de uso, a transferir la cantidad no gastada a una cuenta de ahorro. Desde allí, el banco estaría obligado a prestar este dinero a aquellas personas que lo necesitaran durante un tiempo determinado, y por eso el dinero de la cuenta de ahorro no estaría sometido a penalización.

El propietario del dinero no recibiría ningún interés en su cuenta de ahorro, pero tampoco perdería valor. Igualmente, la persona que recibiera un crédito no pagaría intereses, pero sí pagaría una prima de riesgo y las cargas bancarias usuales comparables a las que los bancos imponen en la actualidad. Lo que supone un 2.5% de los costes del crédito.
De esta manera, muy poco cambiaría en la práctica. Los bancos funcionarían como de costumbre, excepto que tendrían más interés en dar préstamos, porque también ellos estarían sometidos a la tasa de uso, como todo el mundo.
Para prevenir la acumulación de dinero en efectivo, una forma de hacerlo sería retirar una serie determinada de billetes cada año, o todos los billetes cada dos años sin previo anuncio.

La base de esta reforma consistiría en ajustar lo más exactamente posible la cantidad de dinero creada y la cantidad de dinero necesaria para poder realizar todas las transacciones en el intercambio de bienes y servicios, dentro y fuera de un área geográfica dada, una región o una nación. El dinero seguiría entonces unas pautas de crecimiento físico “natural” (curva A, en la figura1) y nunca más, un crecimiento exponencial. Cuando se hubiera creado el dinero suficiente para posibilitar todas las transacciones deseadas, ya no sería necesario producir más.

Resultados que se podrían esperar

Dentro de un amplio contexto de transformación global de valores y pautas de comportamiento, así como junto a otros cambios en relación con la propiedad de la tierra y el carácter de los impuestos, el cambio del sistema monetario actual podría servir para pasar de un crecimiento cuantitativo a un crecimiento cualitativo. Cuando la gente pudiera libremente elegir entre guardar su dinero en una cuenta de ahorro en la que mantendría su valor, o invertirlo en un hermoso mueble, una obra de arte o en una casa sólidamente construida, objetos que igualmente mantendrían sus respectivos valores, bien pudiera ocurrir que prefirieran optar por dichas inversiones, lo que sin duda enriquecería sus propias vidas. Además, cuanto mayor demanda hubiera por estos bienes de contrastada calidad, más se producirían.

De esta manera, se produciría una revolución total de valores, que sin duda tendría efecto sobre las cuestiones ambientales. Las inversiones en tecnología ecológica podrían competir en el marco de una forma de vida sostenible con dinero estable, que se prestaría sin esperar beneficios innecesariamente grandes. Así, plantar un bosque pronto sería económicamente posible —en lugar de cortar el bosque y poner el dinero en el banco—, y sin duda la mejor solución “económica” actualmente.

Mientras que en la actualidad el interés es una ganancia privada, la tasa de uso del dinero sería una ganancia pública relativamente pequeña (ver ejemplo de Wörgl), que permitiría reducir la cantidad de impuestos necesarios para llevar a cabo las tareas públicas.

Incluso el volumen de la actividad económica se podría ajustar más fácilmente a las necesidades reales. Puesto que no serían necesarios grandes rendimientos para pagar los intereses, la presión actual para una producción y consumo en exceso se reduciría considerablemente. Los precios disminuirían en un 40%, porcentaje actualmente destinado a cubrir los costes del capital. En teoría, el 80% de la gente podría trabajar la mitad para mantener su estándar de vida actual. El 10% de la población que ahora vive de las rentas no perdería su dinero, pero dejarían de hacer dinero con su dinero y tendrían que vivir de su capital, a menos que lo invirtieran en diferentes negocios.

Las dos cuestiones críticas son: ¿Comprenderán aquéllos que se benefician del sistema actual que la rama en la que están sentados se alimenta de un árbol enfermo y ayudarán a plantar un árbol nuevo y sano antes de que el viejo se derrumbe? ¿Comprenderán, antes de que sea demasiado tarde, aquéllos que actualmente pagan mucho, que existe una alternativa para el cambio y que tienen que trabajar juntos para llevarla a la práctica? En este momento concreto, la introducción de un nuevo sistema monetario cooperativo podría dar lugar a una situación en la que todo el mundo saliera ganando. Contribuiría a desarrollar por fin una economía mundial y una civilización sostenibles.

Referencias
Silvio Gesell, The Natural Economic Order. Berlín, Neo-Verlag, 1929
Silvio Gesell. Gesammelte Werke, Band 1-6, Gauke Velag, 1988-90
Margrit Kennedy. Interest and Inflation Free Money: Creating an Exchange Médium that works for everybody and protects the Earth, SEVA international, Okemos, Michigan, USA. 
Dieter Suhr. The Capitalistic Cost-Benefit Structure of Money. An Analysis of Moneys Structural Nonneutrality and its Effects on the Economy. Springer Verlag, Heidelberg, 1989

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Stella entrevistó Margrit Kennedy en ocasión de la primera conferencia europea de monedas complementarias, en el verano del 2003, como parte de un proyecto de recompilar las historias de “PermaCultores Pioneros”, o sea las personas que abrieron camino con esta ciencia de la sosteniblidad, aquí en Europa.


Puedes descargar su Entrevista de Pionera en Español aquí 

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Stella Ne,
5 Jul 2012, 03:29
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