Economía del Carbono


La encrucijada del carbono

En 1997, los gobiernos de los países industrializados se comprometieron a reducir las emisiones de gases invernadero en el Protocolo de Kioto de la Convención sobre Cambio Climático.    

Pero, simultáneamente, inventaron el denominado Mecanismo de Desarrollo Limpio (MDL) a fin de evitar cumplir esos compromisos. 

La idea del "mercado de emisiones de carbono" es sencilla: tú emites CO2, nosotros lo almacenamos y te cobramos por el servicio. ¿Cómo lo almacenamos? Muy sencillo: mediante la plantación de árboles. Pero acá comienza a complicarse el panorama.

Sobre Contracción y Convergencia


Contracción y convergencia



Al igual que el fenómeno del cercado de las tierras a inicios de la Europa moderna, la iniciativa de las plantaciones "compensatorias" de carbono es, esencialmente, un paso para extender y consolidar la desigualdad. El movimiento crítico frente al crecimiento del Mercado de Carbono global plantea una solución alternativa, respaldada científicamente y basada en el principio de que todos tenemos iguales derechos en cuanto al uso de la atmósfera. Se trata del principio de "contracción y convergencia", según el cual los países deberán negociar (y, de ser necesario, renegociar permanentemente) un máximo admisible de concentración de dióxido de carbono en la atmósfera, acorde con las variaciones de las estimaciones científicas respecto del nivel de riesgo. A partir de ahí, acordarían progresivas disminuciones de las emisiones para alcanzar esa meta, a la vez que los niveles de emisión de los ricos y los pobres se irían gradualmente igualando.

En lugar de consagrar y expandir las desigualdades en el uso de los recursos, ocultando las patologías del actual patrón de explotación de combustibles fósiles -tal como propone la "compensación" por medio de las plantaciones a gran escala- el principio de contracción y convergencia implicaría abordar directamente las causas de fondo de la crisis del clima. En último término, esto equivale a afirmar que un clima vivible puede alcanzarse, no mediante más monocultivos forestales o más automóviles, sino solamente a través de un compromiso con la igualdad.


(**) Por depósito se entiende uno o más componentes del sistema climático en que está almacenado un gas de efecto invernadero; por sumidero se entiende cualquier proceso, actividad o mecanismo que absorbe un gas de efecto invernadero.






Clima y dióxido de carbono


Durante los últimos 150 años, y especialmente a partir de la Segunda Guerra Mundial, la actividad industrial ha provocado que grandes cantidades de aquel carbono que, hasta entonces, se encontraba seguramente almacenado fuera liberado a la atmósfera. Antes de los comienzos de la Revolución Industrial había alrededor de 580.000 millones de toneladas de carbono en la atmósfera. Hoy en día esa cifra ha trepado a más de 750.000 millones. Un 90% de este incremento en las emisiones de CO2 y otros gases causantes del calentamiento global ha provenido de los países del Norte.

La habitabilidad del planeta depende de que los niveles de dióxido de carbono no disminuyan ni aumenten en demasía. Sin la presencia de CO2 y otros gases, que permiten que el calor quede atrapado cerca de la superficie de la Tierra, su temperatura media bajaría a -6ºC. Si aumenta la medida de CO2, el agua de los océanos entrará en ebullición. A los actuales niveles, la superficie terrestre permanece a una temperatura media adecuada de 15ºC.


El mundo se está calentando


Desde fines del siglo XIX a la fecha, la temperatura global ha aumentado en 0,6º C. La década de 1990 fue la más cálida que se haya registrado. Tormentas, sequías e inundaciones tan extremas como inusuales están causando estragos en China, África Oriental, Medio Oriente, Europa, Norteamérica, Nueva Zelandia, América Latina, y el subcontinente indio. En los últimos veinte años se ha perdido en el Ártico una superficie de hielo equivalente a la del estado de Texas, en tanto que la capa de hielo que cubre el Oceáno Ártico ha disminuido su espesor de 3,1 a 1,8 metros desde fines de la década de 1950. A su vez, el escudo de hielo Larsen, en la Antártida, se ha separado del continente.

En pocas palabras, el aumento de los niveles de carbono atmosférico no puede continuar. Un incremento de tan sólo 200.000 millones de toneladas determinaría un aumento de 2 a 3 °C en la temperatura global, lo que significaría una ola de calor sin precedentes en la historia de la humanidad. Hay todavía más de 4.000 millones de toneladas de carbono bajo forma de combustibles fósiles a la espera de ser extraídos y quemados, de los cuales las 3/4 partes se encuentran bajo la forma de carbón. Todo parece indicar que la mayor parte de este material debe ser dejado bajo tierra.

¿Dos soluciones posibles?

Lo que ha venido ocurriendo durante los últimos años deja poco margen para negar que el calentamiento global ha aumentado. Frente a la crisis hay sólo dos salidas posibles:

Una de ellas propone reducir drástica y aceleradamente el uso de combustibles fósiles. Ello significa centrarse primordialmente en la reducción de las emisiones de quienes ya han utilizado más que la parte que con criterio de justicia les corresponde de los sumideros y depósitos de carbono (**), así como en la promoción de la conservación y la eficiencia energéticas, el uso generalizado de la energía solar y otras fuentes de energía renovable y en la agricultura ecológica en lugar de la industrial. 
Este enfoque apuntaría a la igualación de las emisiones per cápita a nivel mundial, junto a la reducción de las emisiones totales, sin forzar a ninguna de las dos partes a soportar penurias innecesarias. Señalaría, por otra parte, que la "deuda de carbono" que el Norte mantiene con el Sur por el sobreuso histórico que ha realizado de la atmósfera permanece todavía impaga.
La otra solución propuesta, en cambio, implica la adopción de programas especulativos que apuntan a modificar la biosfera y la corteza terrestre para permitir que absorban más CO2, junto con la promesa de hacer "más seguro" el elevado nivel de consumo de combustibles fósiles por parte de las naciones y grupos más ricos. 

Este segundo enfoque supone que, dado que los países industrializados han sobreutilizado la atmósfera a lo largo de la historia, tienen el derecho a seguir haciéndolo. Esta visión no sólo ignora la historia del uso desigual de los depósitos y sumideros de carbono, sino que colabora a agravar las desigualdades existentes a nivel mundial en cuanto al acceso a los recursos. La "deuda de carbono" histórica del Norte para con el Sur es sencillamente ignorada. Tal solución implica que cualquier nivel de emisiones de dióxido de carbono -sin importar cuán desmesurado sea- es aceptable en tanto sea "compensado" por alguna actividad que absorba CO2. El ejemplo más claro de una actividad de este tipo son las plantaciones de árboles dado que, a través de la fotosíntesis, éstos convierten el CO2 en carbono que acumulan en su madera. De este modo, una empresa industrial que emite millones de toneladas de dióxido de carbono al año se propone devenir tan "neutra" en lo que respecta emisiones de carbono como un pequeño campesino que emite una tonelada anual, siempre que dicha empresa plante miles de árboles.

El primer planteo se fundamenta en sólidos conocimientos científicos. Miles de años de experiencia han demostrado la efectividad de mantener los hidrocarburos bajo tierra como forma de lograr que los niveles de CO2 atmosférico permanezcan estables. Hay consenso dentro de la comunidad científica: basta con que la concentración de CO2 aumente al doble de la existente antes de la época industrial -280 partes por millón- para que se provoquen peligrosas modificaciones en el clima mundial. Asegurarse de que el volumen de CO2 no se duplicará implica disminuir las emisiones por lo menos un 60% respecto a las registradas en 1990. Lo que se requiere no es una nueva y sofisticada tecnología, sino un fuerte movimiento político que impulse las iniciativas ya existentes.

Por el contrario, el segundo planteo se basa en fundamentos científicos que con nulo consenso. Nadie está seguro siquiera de cuáles son los actuales sumideros de carbono en la Tierra, ni sobre cómo funcionan. Por ejemplo, actualmente no hay consenso entre los científicos acerca de cuánto carbono está siendo tomado y emitido por los bosques templados, e incluso sobre cómo llegar a saberlo. Pretender crear sumideros nuevos, grandes, seguros y merecedores de cierto grado de confianza, resultaría una tarea mucho más ardua que tratar de resolver esos rompecabezas. Más difícil aún resultaría cuantificar la efectividad de cada uno de estos sumideros de carbono como compensador de determinada cantidad de emisiones industriales. 


El paquete de plantaciones-sumidero

En comparación, la técnica más conocida, consistente en la utilización de plantaciones forestales convencionales para "fijar" emisiones de carbono, puede parecer sencilla y poco problemática. Sin embargo, de momento nadie tiene idea de cómo establecer una "equivalencia" significativa y confiable entre el carbono secuestrado en forma permanente en depósitos de combustible fósil, el CO2 transitorio en la atmósfera, y el carbono secuestrado temporalmente como resultado de cualquier tipo de plantación de árboles o de programas nacionales de forestación.

De momento al menos, es imposible predecir con la necesaria certidumbre cuánto carbono podría remover de la atmósfera un proyecto de plantaciones, ni por cuánto tiempo. A diferencia del caso del petróleo o del carbón que están bajo tierra, o de los carbonatos del fondo del mar, en el caso de las plantaciones el carbono almacenado -ya en los árboles vivos o muertos, ya en los horizontes superficiales del suelo- es "frágil". Vale decir, que puede rápidamente reingresar a la atmósfera en cualquier momento. 

Si se le quiere dar verosimilitud a la hipótesis de que una plantación forestal "equivalga a" o "compense" una cierta cantidad de CO2 emitido, los defensores de esta iniciativa deberán cuantificar un factor que exprese en qué medida las plantaciones destruyeron los depósitos de carbono previamente existentes, liberando de ese modo CO2 al aire. De acuerdo con análisis satelitales, durante la década de 1980, el 75% de las nuevas plantaciones en países del trópico se realizaron en zonas donde, diez años antes, había selva. Como consecuencia hubo liberación de dióxido de carbono estimada en 725 millones de toneladas. Reemplazar praderas por plantaciones forestales -lo que es una práctica común- puede resultar igualmente contraproducente. Recientes estudios han demostrado, por ejemplo, que el ecosistema de los Páramos Andinos es más eficiente que las plantaciones en la absorción de CO2. En ese sentido, un estudio reciente publicado en Nature por David Ellsworth, fisiólogo vegetal del Laboratorio Nacional Brookhaven del Ministerio de Energía de EE.UU, afirma que "la consecuencia clave de esta investigación es que, en respuesta a los niveles elevados de CO2 y nitrógeno, los ecosistemas con biodiversidad alta tomarán y secuestrarán más carbono y nitrógeno que los ecosistemas con biodiversidad reducida".

En definitiva, la idea de que una determinada porción de tierra forestada puede "compensar" una cierta cantidad de emisiones industriales de dióxido de carbono depende de presupuestos falsos en relación con su evaluación. Las plantaciones "compensatorias" en gran escala, en lugar de mitigar el calentamiento global, podrían incluso catalizarlo. Si se sigue demorando la transición hacia una distribución más equitativa de las emisiones y a regímenes energéticos más sensatos, tales plantaciones podrían determinar un aumento en las emisiones de carbono tanto por parte de la industria como a partir del uso del suelo, lo cual podría ser evitado.


Al fin de cuentas: ¿de quién es la atmósfera?

Los defensores de la creación de un mercado de "deducción" del carbono - un Mercado de Carbono global - parten de la base de que la batalla ya ha sido ganada. Pero ese no es aún el caso. No es posible, como al influjo de una varita mágica, convertir la atmósfera - o el derecho a utilizarla para botar dióxido de carbono - en una propiedad privada. No es posible, agitando nuevamente la varita, conceder a los ricos el poder para seguir contaminando la atmósfera a condición de que se apoderen de vastas superficies de la Tierra, ocupándolas con plantaciones forestales y provocando su degradación.

Los promotores de la idea - empresas petroleras, forestadoras, fabricantes de automóviles, banca multilateral, funcionarios de países del Norte, algunas ONGs - tendrán muchos obstáculos que sortear en el camino. Entre ellos el sentido común, la ciencia y - por lejos el más grande de todos -los pueblos cuyas vidas y medios de supervivencia están amenazados por estas prácticas.








Comments